Donde caben dos, ¿entran tres? Una mirada a la convivencia en pareja de los adolescentes

MARÍA DE LAS MERCEDES RODRÍGUEZ PUZO

 adolescentes-adolescenciaConozco a Carlos del parque, siempre estaba allí. Yo subía temprano, como a las 7:30 p.m., acompañada por las amigas del barrio. Armábamos el piquete de la secundaria, aunque había algunos del pre-universitario, hablando y riéndonos hasta las diez, a esa hora mis colegas y yo teníamos el toque de queda.

Los varones solían permanecer más tiempo, pero Carlos muchas veces trasnochaba. Volvía a su casa pasada la medianoche. No podía virar antes, su hermano Orlando, mayor en edad, compartía cuarto y cama con él, y cuando éste llevaba a la novia, le tocaba al chico de 12 años esperar fuera, “darle un chance”.

La carencia de un espacio propio, discreto y seguro para amar o simplemente intimar afectaba entonces a Carlos. Hoy, perturba a casi toda mi generación, ya adulta y sexualmente activa, aunque existe un grupo todavía más vulnerable ante esta situación: los adolescentes.

Quiero presentarles a Yuleidys, tiene 16 primaveras y dos hijos pequeños. A los 13 conoció a su novio, salía de la escuela y se iba para la casa de él, en su hogar nadie notaba su ausencia ni la jornada estudiantil extendida. Salió embarazada y la madre decidió que lo mejor era mudarla con el novio, así la suegra y el muchacho se harían cargo del porvenir de su hija y venidero nieto.

Y ahí está Yuleidys, con dos criaturas que se llevan meses de diferencia. Lava, plancha, limpia, cocina, atiende a sus pequeños con dedicación, es una ama de casa. Los sueños que alguna vez tuvo de estudiar o ir a la universidad, resultan rezagos del pasado, quizás vuelva a la escuela, quizás no. Pero no se queja, recibe apoyo, la suegra se encarga de mantener a la familia.

Como el tema que les propongo es delicado y no deseo imponer mi visión, salí a la calle buscando criterios. Muchos compartieron sus historias y prefirieron el anonimato, de ahí que solo aparezcan los nombres…

Maite, de 39 años, comenta: “Conozco a una jovencita que fue con su amante a un lugar que no estaba legalizado, donde los filmaron sin su consentimiento y luego el video corrió por todo el barrio, y la muchacha estudiosa, buena, decente ahora es mal vista. Su mamá estaba muy avergonzada y el papá quería matar a los autores del hecho.

“Hay infinitas situaciones negativas que ejemplifican los riesgos que corren los muchachos que no tienen dinero para ir a un alquiler formal, legal, y buscan la intimidad en lugares que no son los más apropiados para ello. La familia tiene que atemperarse a los momentos que vivimos, quizás lo que antes eran prejuicios y tabúes, ahora son prácticas cotidianas sin llegar a ser conductas que atenten contra la convivencia de todos en el hogar.

“Los padres deben abrirse a que los hijos con una relación duradera hallen su privacidad en la casa, aún cuando no estén casados. No es convertir la casa en un hostal, pero sí ofrecerles un espacio seguro, con privacidad.

“Un joven que no trabaje y dependa de sus padres puede invitar a la novia una vez al mes a una casa de alquiler, pero dudo que los progenitores puedan darle $50 o $60 varias veces únicamente para tener relaciones sexuales, cifra que no incluye los gastos de la salida.”

Luis, de 59 años, es más conservador en su criterio: “Mi hijo tiene 16 años, está en onceno grado, y anoche salió. Yo lo sentí llegar y me dijo Papa, estoy aquí. Cuando me levanto a hacer café, la novia durmiendo ahí, y no es la primera vez que se queda, ella está en décimo.

“Yo no me preocupo por mi hijo, le hablo claro, protégete, usa condón, debes estudiar y echar para adelante, no embarazar a nadie. El romance de los muchachos lo acepto; sin embargo, me pongo en el otro plano, qué dicen los padres de esa niña. A lo mejor es prejuicio mío, ¿cómo la hembra va a quedarse en la casa del varón así? Quizás sus padres para que no esté por ahí prefieren que se quede en mi casa, pero ellos no nos conocen.”

Con 49 primaveras y un hijo adolescente, Osmaida piensa: “Aún cuando la sociedad y la vida nos han llevado a acelerar determinados procesos y a ver como normal que las parejas no contraigan matrimonio, y a una determinada edad -estoy pensando en la universidad- las muchachas vivan en las casas de los muchachos y viceversa, es un momento de la vida que respeto y hasta estoy de acuerdo, pero en la adolescencia no hay porqué quemar etapas y es importante que en las familias ese detalle se analice.

“En la adolescencia, hablo de 13, 14, 15 años, se puede tener una relación, su pareja, pero ese otro momento de convivir juntos y los padres aceptarlo, no me parece prudente.”

¿Qué dicen los especialistas de salud sobre el problema?

 

La Dra. Marlene Danauy Enamorado, especialista en Primer Grado de Psiquiatría Infanto Juvenil, trabaja en la atención a maltratos intrafamiliares. Ella afirma que: “Los padres que apoyan la convivencia en pareja de sus hijos adolescentes lo hacen más bien por ponerse a la moda, por la presión quizás de otras familias.

“En su génesis, el adolescente de 14 años no está preparado ni biológica ni psíquicamente para emprender una vida en pareja apartado de la visión de sus padres. Los progenitores con estas prácticas, a mi consideración, deberían recibir una serie de consejos y prácticas educativas para saber enfrentar la situación y decir “no” de manera asertiva a sus hijos.”

Desde su experiencia como director de la Clínica del Adolescente, el Dr. Edirio Pérez Reina, cuenta: “Recién tuve una paciente de 13 años que ha cometido tres intentos suicidas, el último fue muy serio. No quería convivir con sus padres, deseaba abandonar el hogar para irse con el novio, llevaban un mes de relación.

“Los padres vienen a pedir criterio y nosotros damos el consejo que creemos más favorable, y al final ellos toman sus propias decisiones. Por lo general las parejas muy jóvenes no perduran en el tiempo, y si quedan hijos de por medio la situación se agrava. Las muchachas, en la mayoría de los casos, pierden la posibilidad de seguir estudiando y preparándose para el futuro. Además, no están preparadas para enfrentar una responsabilidad tan compleja ni integrar verdaderamente una familia sólida.

“Como consecuencias de la convivencia en pareja de los adolescentes vemos la depresión, los intentos suicidas cuando hay ruptura amorosa, disfunciones familiares, trastornos depresivos y de ansiedad, o algún trastorno psiquiátrico derivado. A lo que se suma la problemática que presenta la familia cubana de convivir varias generaciones en un mismo hogar, lo que dificulta la interrelación entre ellos.”

Concluyendo…

En mi adolescencia bailé, jugué, fui a la playa, tuve novios, e intenté ser rebelde y hacer presión las veces que me negaron salir. Curiosamente, hoy agradezco a mis padres y difunta abuela esas negativas, pues me enseñaron que la libertad llega lentamente, de conjunto con la madurez y la responsabilidad.

La adolescencia es ese período donde vamos construyendo y afianzando nuestra personalidad e identidad, nos volvemos susceptibles al criterio de los demás y muchas veces no entendemos a nuestros padres, quienes tienen más que el derecho la obligación de guiarnos en la vida.

No soy conservadora, pero sí defiendo varias posturas: la primera, donde caben dos no siempre entran tres, no hay por qué dejar a un hijo o a cualquier otro miembro de la familia en la calle para que otro satisfaga sus necesidades fisiológicas como ocurría con Carlos y su hermano. Segunda, no se deben quemar etapas.

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