¿Y tu árbol genealógico qué?

Juan Enrique Yara Sánchez

dt-common-streams-streamserver_clsLos apellidos, esas marcas de origen que sirven de referencia para seguir a través del tiempo los laberintos del árbol genealógico, probablemente surgieron cuando los nombres eran ya insuficientes para distinguir a un Juan de otro o a una María de otra.

Fue así como muchos de nuestros antepasados, demostrando su sentido común, no se complicaron la existencia creando nuevas palabras para tal fin, sino que miraron a su alrededor y le endilgaron a cada cual, como apéndice del nombre, lo primero que les vino a la mente, o lo que más inmediato le quedaba.

De ahí que hoy en la nómina de apellidos estén presentes palabras que designan a plantas, animales, oficios, partes del cuerpo, lugares geográficos, colores y una gran diversidad de elementos de la realidad cotidiana.

Basta una hojeada a la guía telefónica, un vistazo a los créditos de cualquier programa de televisión o una visita al cementerio, para comprobar que esas palabras que denuncian nuestro origen perdieron su significado inicial y pasaron a representarnos.

En esa breve indagación encontramos que muchas personas completan su nombre con Águila, Araña, Becerra, Borrego, Cordero, Curiel, Toro, Delfín, Gallo, León, Gavilanes, Grillo y hasta de la Cerda y sin embargo, al llamarlos no pensamos en tales animales.

Hay muchos apellidos tomados de la flora: Álamo, Pino, Manzano, Naranjo; otros son nombres propios: Alberto, Enrique, Francisco, Alfonso, y algunos oficios y profesiones: Piloto, Zapatero, Labrador o Pastor.

También abundan aquellos cuyo nacimiento parece remontarse siglos atrás tales son Rey, Reina, Conde, Castillo, Palacios, Hidalgo y hasta Escudero; se encuentran los que provienen de lugares geográficos como Arroyo, Ríos, Monte, Sierra, Costa, Cuba, Cuevas y por supuesto los cósmicos, Sol y Luna .

Partes del cuerpo humano que sirven para el propósito de identificar a alguien son: Cabeza, Cuello, Muela y Ceja, mientras los hay que fueron tomados de objetos de uso cotidiano: Calderón, Rueda, Tablas, Piedra, Correa, Cruz, Puerta, Cortina y por supuesto, Casas.

No menos numerosa es la lista de adjetivos devenidos apellidos: Bueno, Bravo, Recio, Clemente, Estable, Máximo, Pulido y como para gustos se han hecho los colores, estos también se incluyen: Rojas, Blanco Castaño, Marrón y Pardo.

Hay Aguada y Rioseco, Vuelta y Revuelta, Rey y Vasallo, Pena y Ventura, Palomo y Perdigón, Romo y Agudo, Tío, Sobrino y Nieto, Caballeros y Molinos, Caro y Barata, Ríos y Puentes, en fin…

Obviamente esa denominación que nos acompaña desde el nacimiento hasta después de muertos es un asunto tan fortuito que es posible que alguien obeso sea de apellido Delgado, un parlanchín Gago; un pesado Corcho; un infiel, Leal; un anciano Infante; un ateo, Monje o un tacaño, Regalado.

Lo anterior no significa que no haya casos a los que su apellido le viene como anillo al dedo, vean si a un millonario no le pega ser llamado Rico; a una poetisa, Musa, a un bombero Valiente y a un campesino, Del Monte.

Pero es en la posibilidad de las combinaciones donde la cosa se pone simpática. Veamos algunos ejemplos: Becerra Ahumada parecería un excelente plato; Arco Cuadrado, poco probable; Domingo Diez, una fecha; Galán Cortés, tremendo conquistador; Armas Mesa (sin dudas carpintero).

No menos sugerentes serían León Manso, Guerra De la Paz, Cabello Calvo, Infante Travieso, Pena Alegre, Casados Consuegra, Campo Izquierdo o Lunar Bello.

Y cuántas suspicacias no despertarían los que inscriptos en registro civil con las siguiente combinaciones: Gallo Guardado, como si lo escondiera de una visita; Amado Licor, será que le gusta el ron; Cornelio Madruga, que se cuide del lechero, Alemán Prieto o Rubio Negrín, estaría raro, muy raro y bueno quien fuera Chao Amor, ¿llegaría al matrimonio?

En fin que cualquiera puede tener un árbol genealógico lleno de animales, con injertos de palmas o de robles o vaya usted a saber qué babel de cosas que lo carguen tanto que sus ramas amenacen caer y con ellas su historia personal.

Lo cierto es que gústenos o no, arrastramos por la vida y más allá, esa irrenunciable herencia que marcada por la imaginación de nuestros antecesores nos identifica, no obstante vale aclarar que cualquiera que sea el origen de un apellido, lo que cuenta es lo que somos, porque como dice el refrán: “El hábito no hace al monje”.

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