Yamilé Mateo Arañó y Nalena Jares Rivero

Dicta una vieja sentencia que un hermano es el vecino más cercano y al parecer ese refrán se cumple al pie de la letra en la ciudad de Santiago de Cuba. Aquí el barrio es un espacio especial para los que vivimos en este terruño.

Lo mismo podemos encontrar en sus esquinas a los héroes del pasado contando sus hazañas o a los más pequeños formando lazos de amistad que -en la mayoría de los casos-, duran para siempre.

En ese espacio, además, siempre hay una puerta dispuesta a abrirse, lo mismo para fiestas que para brindar un trago de café o abrigo en tiempo de temporales. Y si se fija bien, la mayoría de los barrios son bulliciosos, no falta la música amplificada en alguna vivienda o una conversación entre dos, de esquina a esquina.  Tampoco falta en muchos el equipo improvisado de pelota o de fútbol que arman los más jóvenes y ni se concibe alguno sin el auténtico juego de dominó.

Y si por casualidad camina por los barrios santiagueros en los horarios de las comidas se cercioraría  que estos tienen el sabor y olor a Cuba. De las casas sale el aroma de café recién colado, o el olor a carne de puerco frita, o el del sofrito que la abuela prepara para echarle a unos frijoles negros. En fin, esos espacios bullangueros y solidarios, son el reflejo de la singularidad de los que habitan en esta maravillosa ciudad caribeña.

 

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