“POR FAVOR, SEÑORITA, SÁLVEME MI PIE”

Me encanta la profesión de enfermera dice LinaEl panorama era dantesco: hierros retorcidos, personas muertas y muchísimos heridos; quejidos por doquier y de entre estos una voz suplicante: “¡Por favor señorita, sálveme mi pie!”. Cuando Lina llegó a su lado, la mujer tenía en la mano uno de sus pies. Para más complicación todo estaba empapado y cada vez que el viento movía los cables que colgaban de una parte del fuselaje, al unirse producían un chisporroteo que anunciaba la posibilidad de algo peor.La noche… o casi la madrugada del 24 de octubre de 1990 sobre la ciudad de Santiago de Cuba y sus alrededores se volcaba un diluvio. Era tal la cadencia de la tormenta, que en tierra apenas había visibilidad, imagínese desde el aire.
El Yak-40 que cubría la ruta La Habana-Camagüey-Santiago de Cuba con 34 ocupantes, incluida la tripulación, se acercó al aeropuerto Antonio Maceo. Narraciones de la época apuntaron que el piloto intentó aterrizar la nave por medios visuales y la suerte no lo acompañó. Casi a ciegas descendió y por error lo hizo sobre el “diente de perro”, a varios kilómetros de la pista.
La nave se partió en dos y como consecuencia del terrible impacto, murieron allí 10 personas (luego se sumaría otra). El sitio era completamente inaccesible por tierra, y la lluvia, el viento y la oscuridad obstaculizaban cualquier operación de salvamento.
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Lina es feliz con su familia y por su trabajo santiago de cuba sierra maestraEl pasado lunes 24 de septiembre de 2018, Lina Silva Puente cumplió 54 años. Se graduó como enfermera general en 1985 y estuvo en el Servicio de Urgencias (SU), que es ahora el SIUM (Servicio Integrado de Urgencias Médicas); luego optó por los estudios universitarios y se convirtió en Licenciada en Enfermería. Labora como enfermera asistencial en el Policlínico Principal de Urgencia Camilo Torres Restrepo, aunque en estos momentos está movilizada y presta servicios en la antigua Escuela de Trabajadores Sociales, en la atención de pacientes con síndrome febril inespecífico.
“Nosotros fundamos el Servicio de Urgencia el 2 mayo de 1986”, dice con orgullo.
“Cuando ocurre el accidente del avión, estábamos de guardia en el SU. Como a las 3 de la madrugada recibimos una llamada: Que nos alistáramos para salir hacia el aeropuerto Antonio Maceo ante la posibilidad de un accidente aéreo. No se sabía el lugar exacto y era casi imposible averiguarlo con rapidez porque la lluvia y el viento impedían despegar a los medios de reconocimiento.”
Cuenta Lina, que aún sin amanecer del todo, un helicóptero de las Tropas de Guardafronteras levanta e inicia la búsqueda y divisa a un hombre y una mujer en la punta de una loma, haciendo señas con una tela. La tripulación avisa y un general que estaba en el aeropuerto al frente de las operaciones de rescate, expresa que hay que salvar a todas esas personas.
“Mi jefe inmediato del SU me dice: ‘Te montas tú en el helicóptero. Prepárate para que le ofrezcas a los heridos, la atención de emergencia que necesitan’.

aeropuerto de santiago de cuba

Aeropuerto de Santiago de Cuba. Obsérvese al findo región boscosa donde se hace casi imposible el acceso

“La tripulación del helicóptero buscó y buscó pero no había un sitio donde aterrizar. Por tierra no había camino ni nada. Todo aquello era diente de perro vivo y grande, y marabú… mucho marabú, bien alto. Entonces se decidió rápido: bajaron primero los botiquines para estos casos de accidentes masivos; luego me pusieron en una ‘sillita’ que ellos llaman ‘güinche’, me sujeté bien, y me bajaron poco a poco, desde una altura que yo calculo que sería como la de un edificio de 18 plantas o más.
“Oiga, me bajaron y lo primero que me encuentro es al hombre y a la mujer que habían hecho las señas con el paño blanco; era un matrimonio que había ayudado a trasladar poquito a poquito a varios heridos, hasta cerca del ala del avión.
“Cuando llegué enseguida evalué a los heridos que más ayuda necesitaban; los que tenían más posibilidad de salvarse. Y los fui trasladando uno por uno a un sitio mejor que aquel amasijo de hierro y para alejarlos de esos cables que constantemente echaban chispas.
“Mover a aquellas personas heridas por sobre el diente de perro me costó un esfuerzo enorme. Pero lo hice. El matrimonio de las señales también me ayudó y me seguían preocupando las chispas.
“Después que me bajaron, el helicóptero fue a buscar personal con motosierras para cortar el marabú y hacer como un sendero para que los de Rescate y Salvamento llegaran con más recursos e iniciar el traslado hacia el aeropuerto.
“En fin, la primera que llegó hasta los heridos fui yo. El avión estaba partido en dos. Aquello debió ser un infierno para quienes se salvaron. No bajó más nadie pues lo que se hizo fue tratar de abrir el camino con las motosierras. Mucho después, bajó un muchacho de las FAR.
“Nunca he podido olvidar que cuando llego al avión, a la primera persona que encuentro es una mujer, Miriam Hernández, que días después falleció por una septicemia generalizada. Cuando me acerco a ella me percato de que tenía uno de sus pies en la mano, y me decía llorando: ‘Por favor, señorita, sálveme mi pie’. Le brindé los primeros auxilios… Tuve que inventar porque allí todo estaba roto: el avión y la gente. Tuve que cortar ramas de marabú y entre estas y las rocas colgar las hidrataciones parenterales, o sea: ringer lactato para los shock hipovolémico, tratando de vendar lo más rápidamente posible… De los 34 ocupantes del avión logramos salvar 24, porque 10 fallecieron en el propio accidente.
“El cantante Miguel Ángel Piña fue uno de los que yo atendí. Estaba muy grave en ese momento, con fracturas abiertas; estaba en shock… A todos esos pacientes logramos luego estabilizarlos en el Hospital Provincial de Santiago de Cuba, y días después nos los llevamos para La Habana. Fueron atendidos en varios centros asistenciales de la Capital.
“¡Ah!, recuerdo que dentro del avión estaba aún el copiloto y logramos sacarlo con mucha dificultad. Casi inmediatamente, ese sitio que era donde yo veía las chispas explotó. Afortunadamente a ninguno de los que estábamos allí nos pasó nada. Estuvimos a instantes de que ocurriera otra catástrofe.
“La muerte de las 10 personas, entre estas el escolta del avión, ocurrió cuando el impacto del avión; a las otras 24 logramos salvarlas… Bueno, Miriam, que era de aquí de Santiago de Cuba, al cabo de las semanas siguientes falleció.”
Lina se queda en silencio. Sin lugar a duda trata de ordenar los recuerdos. Entonces dice:
“Hubo un español que venía para acá de paseo. A ese señor le faltaba su brazo completo, y también me decía ‘sálveme mi brazo, sálveme mi brazo’. Lo vendé lo mejor posible; le puse parenterales, y lo acomodé sobre el diente de perro. Él se salvó.”
Lina reconoce que a pesar del entrenamiento que tenía y de trabajar en el Servicio de Urgencia enfrentando siempre situaciones extremas, se sobrecogió cuando llegó hasta el aparato. Le preguntamos si ha vuelto a ver a algunas de esas personas que atendió en condiciones tan precarias. Y respondió:
“A ninguna… nunca más. Ni siquiera a Miguel Ángel Piña. También hay que pensar en el momento que vivieron… a lo mejor no quieren ni acordarse… yo las entiendo a todas.”
La pequeña y vivaz Lina ha tenido más experiencias en otros desastres: Cuando el avión donde iba el hermano de la cantante Paloma San Basilio, chocó con una loma a la altura de Cañizo, ella subió en un burro hasta el sitio a donde las Tropas Especiales pasaron trabajo para llegar; también ha intervenido en descarrilamientos de trenes en lugar increíbles; ha subido y bajado cada lomas; ha transportado heridos, ha sido camillera…
En 1994, cuando el éxodo de los balseros, Lina es movilizada como enfermera de la Brigada de Rescate y Salvamento y es montada en una de las embarcaciones de Tropas de Guardafronteras (TGF), cuyo objetivo era prácticamente, cuidar a quienes migraban en precarios medios navales hacia la Base Naval de USA, en el territorio cubano, ilegalmente usurpado por los norteños en Guantánamo.
“Rescatábamos a personas en el mar, muchas con quemaduras por insolación, deshidratadas… salvamos muchas vidas de personas que se les averiaban sus embarcaciones, o se les hundían. A otros no quedaba más remedio que sacarlos del agua donde estaban a punto de morir, los atendíamos, les dábamos los primeros auxilios, y de ahí los trasladábamos hacia el hospital, según la patología que presentaban.
“Llegamos hasta cerca de la Base, donde estaban en el mar unos cubanos en una balsa casi desinflada. Había niños que estaban llorando. Rescatamos a esa familia completa y tenían quemaduras severas; los pequeños estaban casi deshidratados… Estaban locos. Afortunadamente los salvamos a todos. Y recuerdo, cerca de allí, a un joven de Holguín, que le pedíamos que no se alejara más; perdió el control emocional y aunque los guardafronteras se lanzaron al mar a tratar de rescatarlo se ahogó. Tratamos de recuperarlo, le hicimos mil procedimientos y nada; hizo un paro y falleció.
“En otra ocasión, desde un barco, el XI Festival, solicitaron nuestros servicios porque un marinero presentaba dolor precordial intenso y se sospechaba que era un infarto agudo del miocardio. Nos llevaron en una lancha rápida y logramos salvar al paciente. Pero en el momento de trasladarlo hacia nuestra embarcación para llevarlo para el hospital, el barco se quedó sin energía eléctrica; hubo que mandar a buscar un práctico, y el capitán de esa nave es el primero que baja para ayudar a trasladar al marinero y yo tuve que bajar por la escalerilla que ellos le dicen ‘del gato’, en plena alta mar. Oiga, eso se movía y yo agarrada de aquella escalera de sogas que las olas movían de un lado a otro. Fue una experiencia muy fuerte…
“Otra vez fue con unos buzos que tuvieron un accidente de descompresión; le dimos los primeros auxilios y lo llevamos a la cámara de descompresión de dos atmósferas, en el Hospital Provincial, porque todavía no estaba la de tres atmósferas del Hospital Militar. Logramos salvarlos y mandarlos para el Hospital Naval de La Habana para darles la atención requerida.”Lina estuvo en Venezuela, en el Estado Miranda, en un lugar que se llama Guaicaipuro, en el Valle del Tuy. Trabajó como enfermera, en el Centro Médico de Alta Tecnología, del 2013 al 2016. O sea, hace solo dos años que está de vuelta en Cuba.
Reconoce que le gusta mucho su profesión que califica como muy sacrificada, muy humana por la entrega al paciente.
“Fíjate que la enfermera es la que más tiempo está con el paciente, observándolo, atendiéndole sus dolencias, apoyándolo emocionalmente… es muy linda mi profesión… a mí me encanta.”
Tantos años en la profesión y tanto empeño en la superación le han permitido a Lina Silva Puente ser hoy profesora asistente de enfermería en el Policlínico Docente Universitario Camilo Torres Restrepo y alistarse para el cambio de categoría, o sea a profesora auxiliar.
Luego de ser Licenciada, alcanzó la categoría de Especialista de I Grado en Enfermería en Terapia Intensiva y Emergencia; hizo una maestría en urgencias médicas, y además es Miembro Titular de la Sociedad Cubana de Enfermería.
En 1993 fue la Candidata cubana al Premio Internacional Christiane Reimann, un galardón que en el ámbito mundial reconoce la excelencia en las realizaciones de enfermería.
El “Christiane Reimann” es el premio internacional más prestigioso de la profesión; se entrega cada cuatro años a las enfermeras registradas (primer nivel), que con su labor hayan tenido una repercusión significativa en la profesión en beneficio de la humanidad, y porque este reconocimiento encarna los valores y estándares por los que se caracteriza el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) en calidad de líder mundial de la enfermería.
Hace más de 20 años, Lina sería la representante cubana en el Congreso Mundial de Hechos Trascendentales, que tendría lugar en España. No pudo asistir pues los más de ocho meses de embarazo le anunciaban la inminente llegada de un nuevo ser forjado en sus entrañas.
En su hogar de la calle Trocha, frente a la antigua Colonia Española, Lina está feliz “porque con mi trabajo ayudo a otros seres humanos” y comparte esa felicidad con su mamá, con sus hijas Yanay y Lina Beatriz Silveira Silva, de 25 y 21 años, respectivamente, “y con mi nieto hermoso, que es fanático a mí… Tiene dos añitos y va a cumplir tres el 31 de diciembre. Se llama Jean Carlos Bolívar Silveira. Es la vida mía”.

 

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